| La vuelta al mundo en un Tajamar |
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Justo es, antes que la nada desaparezca, advertir a nuestros lectores de la subjetividad de este escrito. Deben saber que contiene las apreciaciones de una mexicana que visita, junto a su familia, por primera vez Alta Gracia; que espera encontrarse con algún puesto de su país; que desea, por sobre todas las cosas, ofrecer un viaje imaginario para quienes no tuvieron la fortuna de estar en ese lugar; o como se dice, cada quien habla como le fue en la feria. Bueno, primero lo primero. Bajamos del autobús sin saber para donde disparar, preguntamos a una muchacha que nos dio, con toda la amabilidad y buena onda que pueda existir, pelos y señales para llegar. Cuando llegamos al Tajamar, me topé con la sorpresa de que se trataba de un predio cuyo centro lo constituía un lago. Según el folleto que nos entregaron, el Tajamar es el recuerdo de lo que alguna vez fue una represa construida, en 1659, por los Jesuitas. Al mejor estilo Borgeano, los puestos de comida y bebidas, de cada una de las colectividades, se ubicaban circularmente, adorando al lago. Desde lo más profundo del inconsciente, la idea monacal apareció y el Tajamar mostró sus encantos. Primero, no emanaba los olores fétidos que suelen expedir otros lagos; segundo, no albergaba mosquito alguno; tercero, y por último, flotaba una sola botella de plástico, lo que, considerando la magnitud del evento y la edad del espejo acuático, es una verdadera maravilla. Segura de la permanencia del lago, iniciamos nuestra travesía a través de olores indescriptibles. El humo y el chillar de los braceros se movían al son de notas diversas. En cuanto a la comida, había preparaciones que llamaban la atención, tanto por aspecto como por el nombre. Si bien es cierto que el inicio de nuestro recorrido gastronómico empezó con el puesto de comida mexicana, lo relato al final para dar cuenta de los detalles que podrían interesar a nuestra comunidad. Como la gran mayoría, el puesto mexicano estaba a reventar. Había una fila para pagar y otra para recibir la comida. El menú, estaba compuesto por tacos (pollo y res), fajitas (pollo y res), burritos y quesadillas; los precios variaban entre 8 y seis pesos; la relación entre precio y porción de comida, para los tiempos que corren, era la adecuada, se trataba, por ejemplo, de un taco de tortilla de trigo grande acompañado de arroz blanco y salsa roja; el sabor, salvo el arroz, excelente. Ninguno de los que cocinaba o atendía el puesto era de origen mexicano, sin embargo, y en honor a la verdad, debo decir que ofrecieron: buena comida, excelente servicio, decoración aceptable y un espectáculo inigualable. Como parte final, cabe rescatar las buenas iniciativas, entre ellas: el trabajo realizado por el grupo de limpieza que recorría, bolsa plástica en mano, todo el predio, recolectando basura; el cartel ambulante, una estrategia utilizada para concientizar a los que asistimos al evento sobre no arrojar basura; los folletos contra la discriminación; la divulgación del programa Turista protegido, sobre los derechos del consumidor; las personas de protección civil que rodeaban el escenario donde se presentaban los artistas; y por ultimo, lo fundamental, la buena disposición y amabilidad de los habitantes de Alta Gracia que hicieron de este primer viaje una grata experiencia. Silvia Magaña Martínez |
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