| Amistad, perfume francйs |
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Anticipo la celebración del día del amor y de la amistad con este pequeño escrito. Desde pequeña, la idea de amistad como un exótico perfume, el más caro, el más pequeño, el que más perdura en el recuerdo, el que más duele cuando se pierde, se fue afianzando poco a poco. La primera amiga que tuve se llamaba Cecilia, la única en el barrio Lerdo de Tejada con quien pude pasar un buen rato, la única que entendía mis silencios. De su patio, me queda el verde olor de las toronjas. A ceci la perdí cuando nos mudamos. La segunda, “nonon”, era grande como un oso, pero dulce como la miel. La encontré en la Colonia del Valle y como todo debe pagarse en la vida, la perdí cuando ella se mudó hacia las primeras casas que construía el Infonavit. Su recuerdo huele a pasto húmedo, cuando la tormenta desaparece y los alumbradores revolotean por el monte. Vamos por las terceras, “toña” y “yeya”. Junto a ellas, recorrí la mayor parte de mi vida. Con mi mente transito su casa llena de sombreros de palma, árboles de granada y una enredadera de flores azules que curiosamente se llaman lágrimas de burro. Con ellas compartí mis primeras aventuras amorosas, mi primera regla, mi primer desconsuelo, todos los triunfos, el sabor de las frutas dulces y las amargas. Las perdí cuando me mudé a la Argentina. Las de ahora, muchas que están y muchas que se fueron a otras provincias, aromas que van y vienen, perfumes que se ganan y que se pierden. Felizmente, el hechizo ha muerto. Texto: Silvia Magaña Martínez |
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