| 24 de febrero, dнa de la bandera |
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¿Cuántas veces habremos escuchado decir a nuestros profesores(as) de educación primaria y secundaria: el verde es la esperanza, el blanco la pureza y el rojo la sangre derramada? Suponer que muchas veces, resulta conservador.
¿Quién puede olvidar las ceremonias de los lunes? Decir que era un día como cualquier otro, difícil de creer. ¿Quién podía darse el lujo de hacerse el gracioso y escapar de la mirada aguileña y acusadora de nuestros guardianes de fila? Lograrlo, significa que no tuvieron como profesor al maestro José Luis, quien además de regañarte, escupía a diestra y siniestra. ¿Cómo ignorar el paso de la escolta por la explanada y los conjuros arcanos que la guiaban: ¡atención! ¡Escolta, paso redoblado, ya!? Decir lo contrario, puede ser admisible. ¿Quién no recuerda el pase de bandera como una etapa nueva? Decir que no es una etapa sino un ridículo, seguro estuvo presente el día justo que en la Escuela Primaria Urbana Federal “Niños Héroes”, Turno Matutino, se le atoró la bandera en una soga y por poco se parte la cara la abanderada. ¿A quién no le compraron zapatos correlones, con suela de goma, de esos que por más que los raspas en la banqueta permanecen intactos, blindados de por vida, para la ceremonia de fin de año? Desear que nunca, eso es un sueño. Preguntas cuyas respuestas intentan completar el ejercicio que, todos los años y todas las fechas importantes, realizamos los que estamos lejos. Tratando de ser, de estar, de recordar, de escapar al fantasma que nos persigue, ese que te confina a no ser ni de aquí ni de allá. Celebremos, recordemos significados, verde, blanco y rojo; trasmitamos la profecía, lagunas, nopales, águilas y serpientes; valoremos los símbolos antecesores, soporte histórico de nuestro lábaro actual, desde Miguel Hidaldo hasta cada uno de nosotros; reconozcámonos mexicanos, fusión de varias culturas: las de aquí y las de allá. Texto: Silvia Magaña |
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