| Casita de cartуn |
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Con amor para todos los niños y niñas del mundo Había una vez una casita de cartón... Si de cartón, pero no vayan a pensar que se trata de un cartón cualquiera. No, no, no... este cartón, a diferencia de otros, hizo posible la increíble historia que les voy a relatar.Cuentan que hace muchos años, un niño llamado Camilo se encontraba muy triste porque se enteró que dejarían la casa de su abuela ubicada en el centro de la ciudad. Junto a toda su familia, caminó, caminó y caminó a través de lo que para él parecía una selva. Las famosas iguanas de las que tanto hablaba su padre lo miraban con asombro y temerosas corrían a esconderse detrás de las piedras. Pudo observar que había también lagartijas, roños y otros tantos reptiles que difícilmente pudo reconocer. Estaba tan cansado, tenía hambre y mientras observaba el acelerado paso de su padre solo una duda lograba detener el rugir de sus tripas... ¿qué tipo de casa encontraría cuando llegaran a destino? -Tanto misterio debe ocultar una sorpresa muy grande y de seguro caminamos en busca de un gran palacio, con televisión, juguetes, dulces, chicles, galletas y un montón de globos de colores- pensaba.
Cuando el papá de Camilo dio la orden de alto, él niño secó su frente y con el corazón haciendo tun,tun, tun abrió sus ojos para apreciar aquel palacio. Camilo no sabía si llorar o reír. Aquello que tenía frente a sus ojos no se acercaba ni en lo más mínimo a la casa más pobre de la ciudad. Trató de no abrir tanto los ojos y cerrando la boca dijo –papá, esto es una broma ¿no? El papá de Camilo parecía que no entendía la pregunta de su hijo o quizá no pudo escucharla. La cuestión es que se dirigió a toda la familia y tal como si fuera a dar un gran discurso expresó –con ustedes, nuestra nueva casa. Les recuerdo que no tiene nombre y por lo pronto le llamaremos simplemente casita de cartón. El niño no quiso perder la esperanza y pensando que seguramente se trataba de una broma, pensó que lo mejor era seguir este juego tan gracioso. En tono aristocrático mencionó –disculpe señor padre, necesito descansar mis atormentados pies ¿podría indicarme cuáles son mis habitaciones? Terminada la frase rió disimuladamente. O esta broma era muy rara o realmente su papá no admitía que modificaran las reglas del juego porque no respondió y solamente indicó a todos que ingresaran a la casa para conocerla en su totalidad. Camilo esperó un poco y observó, primero a distancia y después muy de cerca, el exterior de la casa. Le gustaron los alambres de púas de la cerca que delimitaba el terreno y la curiosa puertita que tenía un ingenioso cerrojo hecho de madera. La cantidad de árboles frutales que rodeaban la casa daban la impresión de estar dentro de una huerta, había mangos, guamuchiles, palmeras, nances, anonas, guayabos y un naranjo agrio al lado de un limonero enorme. Algunos árboles estaban floridos y otros cargados de frutos verdes, amarillos, rosados, naranjas. La explosión de colores y aromas le recordó a Camilo la primera vez que recorrió el tianguis de la Villa. Con el hambre que traía, Camilo pensó que no sería tan malo vivir en aquel lugar. Levantó un mango del piso y se lo comió a mordidas con todo y cáscara sin importarle que los jugos azucarados del fruto le mancharan toda la cara, las manos y la camisa blanca que tanto cuidaba su madre. Educadamente trató de lavarse las manos pero no encontraba ninguna toma de agua corriente. Su madre que lo observaba le gritó -¡Camilo, mira como te manchaste, dile a tu padre que saque agua del pozo para lavarte esa camisa! Con tremendos gritos, el papá salió de la casa y se acercó a lo que le dijo era un pozo de agua. Se trataba de un orificio en la tierra muy profundo que en la parte superior contaba con una pared de roca que se llama brocal y sobre él se encontraba un marco de madera del que colgaba una carrucha que deslizaba una cuerda y un balde de metal. La experiencia de sacar agua de las profundidades de la tierra permitieron a Camilo escuchar una extraordinaria historia, su padre le contó que el pozo de esa casita de cartón se encontraba custodiado por una tortuga que todas las noches hacía el trabajo de minería y plomería para traer el agua dulce y fresca al pozo sin falta. Le dijo también que la tortuga se llamaba Martina y que no tuviera miedo de pegarle con el balde ya que ella trabajaba todo el día en las profundidades del pozo y solo se le veía los días festivos o todas las noches cuando cantaba, en idioma tortugo, a la luna. Una vez limpio y sin hambre, Camilo volvió al juego y continuó con la inspección de la casa. -Así que de cartón eh... que cartón tan rato –dijo- es todo negro, ondulado y huele un tanto feo, como a petróleo o algo así... ¿para que serán esas fichas de refresco? Están por toda la casa. Camilo largó nuevas risitas picaronas al pensar que su padre era un verdadero genio al organizar una broma tan buena y sobre todo por fabricar aquella casa con materiales tan locos: tapas de refresco, clavos, madera y cartón. El niño, junto a sus hermanos, correteó todo el día por los alrededores descubriendo animales, plantas y cosas que nunca había visto o que existían solo en su imaginación gracias a las historias que le contaba todas las noches su mamá. La tarde terminó y lo que parecía una buena broma ya no lo fue tanto. Camilo seguía en aquella casita de cartón y era muy tarde para regresar en medio de esa jungla. Su madre iluminó el lugar con un quinqué y pudo observar que el resto de la familia platicaba y reía mientras cenaba. Había un detalle que la luz de la luna dejó al descubierto... ¡la casa no tenía techo! –Bonita cosa-dijo el niño- es de noche y estoy en una casa de mentiritas que además no puede llamarse tal porque no tiene techo y que, por si esto fuera poco, en cualquier momento puede caer un aguacero y terminará con nuestra broma. Todos miraron a Camilo y ahí se dio cuenta que había pensado en voz alta. El papá de Camilo se acercó a él y lo invito a observar la noche, pudo percatarse que además de las estrellas había una infinidad de insectos que contaban con luz propia y daban a los montes un aspecto casi navideño. Escuchaba el sonido de los grillos, las chicharras y uno que otro burro despistado que rebusnaba a lo lejos. Su padre atrapó para él algunos insectos de luz y le mostró las diferencias entre ellos y sus respectivos nombres, así como las historias y leyendas que conocía de ellos... más tarde hicieron su aparición los sapos y las ranas que desde una barranquilla cercana ofrecían una bella sinfonía, -es un canto de bienvenida para tí- le dijo su padre muy despacito para no interrumpir su atención. Antes de dormir, los padres de Camilo, improvisaron una función de teatro Guiñol y una jungla de sombras mostraba a enormes animales proyectados en las paredes de la casita. Todos rieron e intentaron agregar e inventar sombras nuevas. Desde su cama, Camilo pidió a todos los ángeles que sus padres siguieran por siempre con esta broma. Miró al cielo durante un largo rato para guardar en su memoria cada una de las estrellas que lo miraban con sus guiños de luz que de seguro eran muestras de aprobación para su casita de cartón. Autora: Silvia Magaña Martínez |
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Había una vez una casita de cartón... Si de cartón, pero no vayan a pensar que se trata de un cartón cualquiera. No, no, no... este cartón, a diferencia de otros, hizo posible la increíble historia que les voy a relatar.
