| El mejor disfraz |
Un Día del Niño no lo era sin la acostumbrada fiesta y concurso de disfraces en la escuela primaria. Todos los alumnos de mi salón esperábamos el momento de que llegara el aviso por parte de la directora, quien pasaba por las aulas un día antes del festejo, informando la hora en que se suspenderían clases e iniciaría la diversión. Todos los años había sido así. En cuanto la perfumada directora llegaba con un papelito en mano y saludaba a la maestra, muchos de nosotros teníamos el corazón brincando de alegría y empezábamos a hablar del posible disfraz que debíamos usar para la ocasión.Desde siempre me gustó la idea de disfrazarme pero ¡era tan difícil encontrar el atuendo ideal! Necesitaba que fuera económico para comodidad de mi mamá y original para gusto de los maestros jueces que elegirían al mejor niño disfrazado, y casi nunca se daba esa perfecta combinación a la hora de encontrar un disfraz. Así pues, ese día llegué a la casa platicándole a mi mamá que al día siguiente podíamos ir disfrazados “de lo que quisiéramos”, lo que al decirlo parecía un abanico inmenso de posibilidades. Sin embargo, mi madre frenó en seco mis acariciados planes al decirme lo mucho que había que comprar en casa y lo poco que había de dinero también. No podría darme el lujo de comprar un disfraz, de esos que huelen a nuevo, a plásticos y hules. Adiós disfraz de monstruo, hada o princesita de Disney. Ni siquiera de personaje de Star Wars, que aun quedaban en el super de cuando fue el estreno de El regreso del Jedi, unos añitos atrás. Recuerdo que ese año el ganador o ganadora se llevaría como regalo algo así como $500 pesos de la época, allá por 1987. El premio estaba en una bolsita transparente con cinco billetes color violeta, de $100 pesos cada uno, que había mostrado la directora como para hacer más tentadora la participación. Una fortuna para cualquiera de los pequeños participantes. Sin embargo lo que llegaba a mi mente no era la idea del dinero en sí, sino de poder ganar con un disfraz distinto. Ese día me quebré la cabeza pensando en las escasas posibilidades que me había dejado mi mamá, dados los recursos con los que contaba… y toda vestimenta me parecía sin ningún chiste. Tenía algunas máscaras entre mis juguetes, pero con ninguna podía hacerme un disfraz completo, para todo faltaba alguna cosa. Me encontré un vestido verde con velos, que podía funcionar perfecto para ser un hada… pero ya la cintura me quedaba en el pecho y las anchas mangas apenas alcanzan los codos. Bonito momento para darme cuenta de lo mucho que había crecido desde la última vez que me lo puse. Salí a jugar por la tarde y me olvidé del asunto, con muy mal humor por lo que recuerdo. Llegada la noche, mis amigos del barrio ya tenían disfraz para llevar al día siguiente a la escuela. Había un pirata flaquito, un “chavo del ocho” gordito, un frankenstein que sólo lo era porque se halló la máscara y como tres “dark vaders”. Yo aun no tenía nada. Volví a insistir con mi mamá diciéndole que realmente lo necesitaba, que cómo iba a ser posible que no pudiera comprarme un disfraz. Uno solo. Pero fracasé nuevamente y me gané un buen regaño. El día se acabó, cené y me fui a dormir. Por esos días mi amiga Magali, con la que hacía todas mis tareas, pasaba por mi en la mañana para llegar juntas a la escuela. Al veinte para las ocho llegó recién bañada con sus cuadernos abrazados, y yo estaba aun con la idea fija del disfraz, pero ya con ciertas posibilidades. Había buscado desesperadamente en el ropero todo lo que era blanco, una cartulina y “resistol”, que era el pegamento con el que armaría un buen sombrero. No sé cómo ni de dónde pero se me ocurrió disfrazarme de enfermera, al menos para no llegar sin nada a la escuela. En un abrir y cerrar de ojos, me hice un gafet, lo “plastifiqué” con hule y le puse con letras bien grandes que era experta en todas las especialidades de Medicina que se me ocurrieron. Me lo puse con un segurito en la blusa más blanca que me hallé. Con una hoja de máquina me hice un sombrerito de enfermera y me pinté una cruz roja al frente. Me robé los lentes de mi papá. La falda que encontré ya no la usaba más porque tenía una mancha negra de grasa de automóvil, pero la vi inmaculada para la ocasión. No tenía zapatos blancos, así que usé mis gastados tenis blancos, ya medio grises. Una caja de zapatos fue el botiquín perfecto para mi ajuar de enfermería. Magali debió estar desesperada por llegar a la escuela, pero aun así me espero serenamente y hasta me ayudó con el peinado que me hice. Lo que remató mi caracterización fue que hasta paciente llevé, pues mi hermana Agueda, que iba en primer grado, se hizo “un brazo quebrado” y se puso una venda en la pierna para verse bastante enferma. En la fila de disfraces, mi hermana y yo estábamos entre bastantes grandullones. Delante de mí había un “dark vader” como de sexto grado, no supe quién era. Atrás de mi había una mariposa o hada, muy colorida, con alas muy vistosas. Habia una “Rosita fresita”, patos, monstruos, diablitos y un osito raro.Yo iba feliz por lograr participar después de todo, por lograr estar ahí en la fila, e ir quedando entre los semifinalistas. Era un alivio continuar cada vez que se acercaba un maestro y sacaba a algún niño de la fila. Mi hermana iba cojeando y yo hacía como que la inyectaba de vez en cuando en el brazo sano. Amalia Véliz |
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Un Día del Niño no lo era sin la acostumbrada fiesta y concurso de disfraces en la escuela primaria. Todos los alumnos de mi salón esperábamos el momento de que llegara el aviso por parte de la directora, quien pasaba por las aulas un día antes del festejo, informando la hora en que se suspenderían clases e iniciaría la diversión. Todos los años había sido así. En cuanto la perfumada directora llegaba con un papelito en mano y saludaba a la maestra, muchos de nosotros teníamos el corazón brincando de alegría y empezábamos a hablar del posible disfraz que debíamos usar para la ocasión.
